El dolor paraguayo
El dolor paraguayo No engañéis pues a la mujer, no la empujéis hacia la sima. Vuestras manos, que se robustecieron en la lucha, que se ennoblecieron en la humilde labor cotidiana, no están hechas para ayudar a caer sino para ayudar a levantarse. ¡Amad!, eso es todo… Amad, y seréis divinamente compasivos. El que ama es verídico, fiel, inconmovible. ¿A qué más código? ¿A qué más sacramento? No hablo del amor libre porque el amor siempre fue libre, y si no es libre no es amor. No es la cuestión libertar el amor, sino tenerlo. Amad pues, y despreciaréis las fórmulas y las ceremonias. Y los gratuitos juramentos ante el altar y ante el juez. El amor es más grande que todo eso. Amad, y basta. Amad y fundaréis la familia invencible. Esperad el amor, no derrochéis en estériles caprichos el capital genésico de que sois depositarios. Esperad y la mujer vendrá, la elegida, la que os dará el más sano y copioso fruto, los mejores hijos, los triunfadores de mañana. Vendrá la mujer única, la vuestra. Y cuando la poseáis sentiréis que lo que contra vuestro pecho palpita es la estatua ardiente del destino.