El dolor paraguayo

El dolor paraguayo

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La tortura ha desaparecido del código. Cosa diferente es que desaparezca de las costumbres. Se ha notado, no obstante, que ciertos espectáculos sangrientos que soportaba el público dos o tres siglos ha no se soportan ahora. Existe, por ejemplo, una innegable tendencia o suprimir la pena de muerte. Un psicólogo contemporáneo atribuye el fenómeno a que la sensibilidad de las gentes, quizá por decadencia racial, se ha vuelto demasiado floja, susceptible, irritable; todo la desconcierta, la hiere, le resulta excesivo. Algunos se mantienen erguidos y austeros; así el sabio Balmes, obligado por la sotana a defender el infierno, lo justifica sobre la tierra mediante la célebre doctrina de la expiación, «El que infringe la ley moral, —dice— merece sufrir». El sistema inquisitorial entero se encierra en esa frase. Pero los Balmes, los Trepoff, los Weyler, no abundan tanto como antes. Se extiende por el mundo una relativa y aparente benignidad. Sería candidez explicarla por un aumento de virtud, por una aurora de altruismo. No: la ferocidad social es más metódica, secreta, mezquina y cobarde. He ahí todo. Si hablaran, si se quejaran, durante sólo un día, sobre la redondez del globo, los reclutas abofeteados, los obreros tratados a puntapiés, los sirvientes insultados y hambrientos, los vagabundos apedreados, los solicitantes despedidos a carcajadas, las prostitutas a quienes escupe el transeúnte, los niños martirizados y los presos azotados a lo Mr. Jacks, tal vez una ola de sagrada ira despertase entre nosotros a un Cristo nuevo. La desesperación está desmenuzada y escondida, mas no por eso disminuye su espantoso total. En lugar de los autos de fe, celebrados en las plazas de las ciudades, a la luz del sol, torturamos sin asesinarlos por completo, en la oscuridad vil de un calabozo, a infelices amordazados. ¿Hemos ganado mucho?


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