El dolor paraguayo
El dolor paraguayo Estamos a tiempo para salvarnos de la muerte moral. Regresen los que fueron arrastrados a los fortines. Encarcélese, si se quiere, a media población. Pero comiéncese un proceso que tenga apariencias de equidad. ¡Sépase todo, defiéndanse todos!
Si no se cumple asÃ, no solamente estaremos autorizados a suponer que el Gobierno enloquecido, ansioso de tinieblas, inventor de calumnias, miente desde hace dos semanas, sino que estaremos autorizados también a dar por difunto al Paraguay. Donde no se reclama y se hace justicia, lo que conviene es un sepulturero.
¡Ah! El terror, el terror en el pueblo, en las ciudades, en las alturas del poder… el terror de los moribundos…
Paraguay mÃo, donde ha nacido mi hijo, donde nacieron mis sueños fraternales de ideas nuevas, de libertad, de arte y de ciencia que yo creÃa posibles, —y creo aún, ¡sÃ!— en este pequeño jardÃn desolado, ¡no mueras!, ¡no sucumbas! Haz en tus entrañas, de un golpe, por una hora, por un minuto, la justicia plena, radiante, y resucitarás como Lázaro.