El dolor paraguayo
El dolor paraguayo ¡La selva! La milenaria capa de humus, bañada en la transpiración acre de la tierra; el monstruo inextricable, inmóvil, hecho de millones de plantas atadas en un solo nudo infinito; la húmeda soledad donde acecha la muerte y donde el horror gotea como en las grutas… ¡La selva! La rama serpiente y la elástica zarpa y el devorar silencioso de los insectos invisibles… Vosotros los que os apagáis en un calabozo, no envidiéis al prisionero de la selva. A vosotros os es posible todavía acostaros en un rincón para esperar al fin. A él no, porque su lecho es de espinas ponzoñosas; mandíbulas innumerables y minúsculas, engendradas por una fermentación infatigable, le disecarán vivo si no marcha. A vosotros os separa de la libertad un muro solamente. A él le separa la inmensa distancia y los muros de un laberinto que no se acaba nunca. Medio desnudo, desamparado, el obrero del yerbal es un perpetuo vagabundo de su propia cárcel. Tiene que caminar sin reposo y el camino es una lucha; tiene que avanzar a sablazos y la senda que abre con el machete, torna a cerrarse detrás de él como una estela en la mar.