El dolor paraguayo
El dolor paraguayo Se habla de las repúblicas hermanas. ¿Habrá quien fíe de frases hechas para banquetes diplomáticos? La nación está obligada a la desconfianza. Hoy como siempre la ley del mundo es la fuerza. Los intereses unen, pero los intereses pasan, y queda la irreductible ferocidad de la lucha por la vida. ¡Infeliz del que se abandone a los disolventes sentimientos de la fraternidad! Conozco una fraternidad indiscutible, la de Caín y Abel. Esa fraternidad auténtica nos dejó un recuerdo lamentable. Cuando en el seno mismo de la patria los ciudadanos se calumnian y se baten, no es justo contar con el amor del vecino.
Mientras en el Paraguay no hubo otras desventajas que la pobreza y el infortunio he conservado la fe. La necesidad levanta el espíritu. Las energías desesperadas, las que sentimos que son las últimas, son las más fecundas. Una leyenda sangrienta y gloriosa es el pasado que empuja hacia adelante. Nada detiene a una raza animada de ideas que no se doblan, y sostenida por el austero afán de guardarse idéntica a sí misma. Nada, ni el acero de las armas, ni el oro de las opulencias, salva a una raza que pierde el carácter. Y si en nuestra sociedad se mantuviera vivo y poderoso el carácter nacional, bien sabe Dios que no pasaría lo que está pasando.