El dolor paraguayo

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Sin embargo, así como la sustancia inorgánica que se forma en las entrañas de algunos peces y ya desprendida de ellos flota en el mar, constituye una feliz promesa para ciertas poblaciones europeas, también aquí la leyenda vaticina suerte dichosa a los que se apoderen de la menuda piedrecita guardada por el maravilloso cabureí[10], el pájaro breve de la noche y del destino. Unos aseguran que la piedrecita está en la cabeza del ave, como en la del sapo boreal el famoso diamante de la tradición. Otros aseguran que está en el fondo del nido. El cabureí posee otras misteriosas virtudes, de las que me ocuparé cuando trate de la poesía de las alas. Por lo general, empero los enigmas de las piedras son melancólicos. «No recojas piedras, que trae miseria», aconseja la sabiduría popular. «No te sientes sobre piedra, que te volverás perezoso». Veo en este suspiro la confesión de la indolencia tropical, de los lazos densos que atan al suelo y paralizan la energía del hombre. Las piedras son cosa de sueño sin ensueños y de muerte. Alrededor de las crucecitas anónimas que se levantan aquí y allá en la soledad de los campos, descubriréis piedrecillas amontonadas; son ofrendas a la divinidad de las tumbas. En lugar de la ancha lápida en que graban los ricos una vanidosa inscripción, la piedad rústica eleva un agreste túmulo en que ha colaborado la humildad dispersa de las piedras. Las piedras, cadáveres errantes, meditan sin cesar de un modo fúnebre y son los fieles hermanos del olvido.


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