El dolor paraguayo
El dolor paraguayo Las grandes compañías tienen a sueldo a los caudillos democráticos. El Poder Legislativo y el Ejecutivo son simples dependencias de los Bancos, de los ferrocarriles, de las empresas y de los negocios particulares. La ley social ha sustituido a los jueces, menos plásticos, por los pesquisas. La abstención electoral de los probos es casi absoluta. A pesar de la tarifa del voto (de 15 a 20 pesos) y de arrearse a las urnas al personal de las reparticiones y los difuntos, no votaron en 1908 sino 25 283 electores y no se inscribieron sino 68 643, para la población masculina de una ciudad de 1 200 000 habitantes. En la provincia se asesina sin mayor tropiezo a los periodistas de la oposición. Los doctores pululan. Los más solemnes plumean sobre acertijos jurídicos o históricos, y van a La Haya a proponer teorías de alto derecho internacional, sin preocuparse de la inhabitabilidad política de su país. Los literatos oscilan de una glacial erudición a un preciosismo importado. La prensa, cuyo mérito se avalúa por lo que pesa el papel de cada número, es un largo índice informativo y comercial, despojado de toda significación elevada, de toda valentía, de toda graciosa sutileza. Es una prensa castrada y gorda como aquellos a quienes sirve; una prensa que se viste del talento extranjero, y que trata las hondas cuestiones nacionales con la hipocresía o el mutismo de las conciencias compradas. Ante la ley social del 28 de junio, que da el supremo puntapié a la Constitución argentina y a las libertades conquistadas en cuatro siglos, entre ellas la de pensamiento y de imprenta, ¿qué ha hecho la famosa prensa bonaerense? Oponer el impudor de la meretriz o la inercia del cadáver. ¿Qué importa? Por el momento, las cifras de la exportación y de los depósitos bancarios no bajan. Es lo principal. ¿No se opina así en los Estados Unidos? ¿No ha cacareado Roosevelt en el Caito, en Roma, en Berlín, en París y en Londres que el primer deber del patriota es hacerse tico? Norte América produjo algo más que este infatigable Pero Grullo. Emerson y Whitman fueron norteamericanos. La fase aguda del capitalismo yanqui ha pasado ya. Hay un William James que dice: «¿No sería la pobreza el verdadero heroísmo? ¿No nos representamos lo que era el antiguo ideal de la pobreza: la emancipación de toda ligadura material, la perfecta integridad del alma, el desdén viril de las cosas de la tierra, el derecho de entregar la vida en cualquier instante, sin incurrir en ninguna responsabilidad; en una palabra, la actitud atlética, el alma siempre dispuesta al combate de la vida?… Sucede con frecuencia que el deseo de ganar dinero y el miedo de perderlo son los mayores estimulantes a la cobardía, a la corrupción radical. En miles de circunstancias un hombre encadenado por sus riquezas es forzosamente un esclavo, mientras que un hombre para quien la pobreza no tiene nada de espantoso se convierte en un hombre libre». ¿Cuándo, desde una cátedra universitaria, se dejarán oír estos acentos en Buenos Aires? Los Morgan, los Carnegie y los Rockefeller, vencidos por el nuevo ambiente humano, se avergüenzan de sus millones y los restituyen. ¿Cuándo se les podrá imitar en Buenos Aires sin arriesgarse a la descalificación pública? La Argentina no es aún más que un país decapitado que digiere.