El dolor paraguayo
El dolor paraguayo Me satisface en extremo descubrir que la ágil lagartija vaticina felicidad, lo mismo que las ranas y los sapos, cuando son muy jóvenes. Esta rehabilitación de los sapitos, tan graciosos con su trasero clavado en tierra y la cabecita inmóvil y levantada, es muy justa. Las ranitas son aún más pueriles y tímidas. Y cuando ellos y ellas, en la penumbra mojada de los crepúsculos lluviosos, tocan sus guitarras sonoras con desesperado lirismo, es cuando apreciamos el tesoro de sus almas dolientes y románticas. Los yacarés a pesar de su facha infernalmente sombría no tienen leyenda. ¿Cómo explicarlo? La América del Sur, según creen los geólogos, pertenece a los más primitivos terrenos que surgen hoy del mar, y formó un tercio del colosal continente antártico en la época jurásica. Nuestros yacarés son los abuelos de los cocodrilos que en África llegaron a dominar los ensueños de las errantes tribus. Hoy aún en Madagascar, la moral y la civilización autóctona están impregnadas del espíritu siniestro de los grandes saurios. «En el cocodrilo, cuentan los hermanos Leblond, los indígenas se someten a la fuerza y como a la tiranía de la fealdad. Su fealdad les ha herido y la copian en sus ademanes de terror, y la cantan en ritornelos semi-cómicos, compuestos para ser clamados cuando se atraviesa los infestados ríos. Admiran esta fealdad como los anamitas adoran al tigre; algunas familias tienen a mucho honor descender del cocodrilo. Brujos y brujas se ufanan de cohabitar con él en los juncales, habiendo logrado domesticarle pacientemente, quizá haciéndole comer una cierta raíz que aprieta las mandíbulas…».