El dolor paraguayo

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PANTA

Tengo una esclava —tranquilizaos no la trato como tal— pero ella lo es; está convencida de serlo; mejor dicho, no concibe otro estado para ella. Si yo la atara a un poste y la torturara, sufriría sin indignarse. Nació así; ni su alma ni sus ojos cambiaron de color. Su vida fue la de un objeto palpitante que pasa de mano en mano. Tal vez, niña aún, la violaron al borde del camino. No tiene apellido ni hogar. Panta… ¿será recorte de Pantaleona? Es vieja o lo parece. ¿Cincuenta, sesenta, setenta años? Enigma. Habla confusamente de la guerra… meses en el monte mascando yuyos; el terror del animal acosado. Ahora, sierva de siervos, hace el locro de los peones. Su rostro es un manojo de arrugas en continuo movimiento, con dos iris tímidos y salvajes que brillan en la sombra. Allí no hay una idea, pero sí todos los instintos, la gula, la lujuria, la fidelidad del perro, y la imaginación del fauno, la cólera que se disuelve en la risa, y el miedo con su gesto oblicuo, pronto a la evasión. Es sucia: no se ha lavado jamás, ha llegado al equilibrio definitivo, en que el roce y el sudor se llevan tanta porquería como traen. Es sórdida: su camisa, la misma siempre, se desliza hasta el vientre, desnudando carne de trabajado cobre, carne que no siente ya la mordedura del sol ni la del frío. Una pollera desgarrada… ¡y los pies!, pobres pies agrietados, deformes, oscuros. ¡Cuánto han caminado, cuánto se han herido con las espinas y los guijarros de la tierra! Pies de lodo; debajo de este lodo corre la sangre. Son los pies que acariciaba Jesús.


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