El dolor paraguayo

El dolor paraguayo

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Panta es ingenua; constantemente gime, refunfuña, o suelta la carcajada, todo lo dice, lo canta o lo grita. Tiene un espíritu a flor de piel. Nadie la entiende; nadie le hace caso, si no es para burla. Está loca, puesto que no sabe callar. Sospecho las proporciones que en su fantasía toman las peripecias de su miserable oficio. Quizá Panta vive rodeada de monstruos que yo no veo. La comparo a las bestias que se estremecen de peligros ignorados del hombre. Cada ser conoce un aspecto del mundo. ¿Quién reprocharía a Panta sus rarezas? Cuando me sirve algún plato, no lo deja nunca donde debe. Me lo pone bajo la barba como una bacía.

—¡Para comer! —me explica la infeliz.

Comer… ¡palabra enorme!, y más en la boca que recoge los restos de la comida ajena.

Panta suele ser víctima de la coquetería. Si reúne diez pesos, y no se los roban, adquiere un trapo amarillo, rojo, verde, que se cuelga de cualquier parte. Y Panta —confesémoslo— es impúdica. En mitad del corral, en pleno día, se alza las faldas para divertir a los boyeros.



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