Peter Pan
Peter Pan La idea más inquietante de todas era si no serÃa de mala educación pensar sobre la buena educación.
Se le revolvÃan las entrañas con este problema. Era una garra que llevaba dentro más afilada que la de hierro y mientras lo desgarraba, el sudor resbalaba por su rostro cetrino y le manchaba el jubón. A menudo se pasaba la manga por la cara, pero no habÃa forma de detener el goteo.
Ah, no envidiéis a Garfio.
Le sobrevino un presentimiento sobre su pronto final. Era como si el terrible juramento de Peter hubiera abordado el barco. Garfio sintió el lúgubre deseo de pronunciar su último discurso, no fuera a ser que pronto ya no hubiera tiempo para ello.
—HabrÃa sido mejor para Garfio —exclamó— haber tenido menos ambición.
Sólo en sus momentos más negros se referÃa a sà mismo en tercera persona.
—Los niños no me quieren.
Es curioso que pensara en esto, que antes jamás lo habÃa preocupado: quizás la máquina de coser le diera la idea. Estuvo largo rato mascullando para sus adentros, contemplando a Smee, que cosÃa plácidamente, convencido de que todos los niños tenÃan miedo de él.