Peter Pan

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El baile terminó al aparecer Nana y por mala fortuna el señor Darling se chocó con ella, llenándose los pantalones de pelos. No sólo eran pantalones nuevos, sino que además eran los primeros que tenía en su vida con trencillas y tuvo que morderse el labio para evitar las lágrimas. Como es lógico, la señora Darling lo cepilló, pero él volvió a decir que era un error tener a un perro de niñera.

—George, Nana es una joya.

—No lo dudo, pero a veces me da la desagradable impresión de que ve a los niños como si fueran perritos.

—Oh no, querido, estoy segura de que sabe que tienen alma.

—No sé yo —dijo el señor Darling pensativo—, no sé yo.

A su esposa le pareció que era la ocasión de hablarle del chiquillo. Al principio rechazó la historia con desdén, pero se quedó muy serio cuando ella le mostró la sombra.

—No es de nadie que yo conozca —dijo, examinándola cuidadosamente—, pero sí que tiene aire de pillastre.

—¿Te acuerdas? Todavía estábamos hablando de ello —dice el señor Darling—, cuando entró Nana con la medicina de Michael. Nana, nunca volverás a llevar el frasco en la boca y todo por mi culpa.


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