Peter Pan

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Pero, ay, él no la escuchó. Estaba dispuesto a demostrar quién era el amo de esa casa y cuando las órdenes no consiguieron hacer salir a Nana de su perrera, la sacó engatusándola con dulces palabras y agarrándola bruscamente, la arrastró fuera del cuarto de los niños. Todo aquello se debía a su carácter demasiado afectuoso, que ansiaba ser objeto de admiración. Cuando la hubo atado en el patio trasero, el desdichado padre se fue y se sentó en el pasillo, apretándose los ojos con los nudillos.

Entretanto la señora Darling había metido a los niños en la cama en medio de un inusitado silencio y había encendido sus lamparillas de noche. Oían ladrar a Nana y John dijo lloriqueando:

—Es porque la está atando en el patio.

Pero Wendy era más perceptiva.

—Ése no es el ladrido de queja de Nana —dijo, sin sospechar lo que estaba a punto de ocurrir—, ése es el ladrido de cuando huele algún peligro.

¡Peligro!

—¿Estás segura, Wendy?

—Oh, sí.


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