Las flores del mal
Las flores del mal ella misma prepara en el fondo de la Gehena
las hogueras reservadas para los crímenes maternos.
Sin embargo, bajo la tutela invisible de un Ángel,
el Hijo desheredado se emborracha de sol
y en todo lo que bebe y en todo lo que come
encuentra la ambrosía y el néctar escarlata.
Juega con el viento, conversa con la nube
y cantando se embriaga con el vía crucis;
y el Espíritu que lo acompaña en su peregrinación
llora al verlo contento como un pájaro del bosque.
Los que él pretende amar lo observan aprensivos,
o bien, envalentonados ante su despreocupación,
compiten por arrancarle una queja
y hacen en él la prueba de su ferocidad.
En el pan y en el vino destinados a su boca
mezclan ceniza con impuros salivazos;
rechazan hipócritamente lo que él toca
y se reprochan haber seguido sus huellas.
Su mujer va gritando por las plazas públicas:
«Ya que me ve lo bastante hermosa para adorarme,