Las flores del mal
Las flores del mal ejerceré el oficio de los antiguos ídolos,
y como ellos quiero ser recubierta de oro;
¡y me emborracharé de nardo, incienso, mirra,
y de genuflexiones, de carnes y de vinos,
para saber si en un corazón que me admira
puedo usurpar riendo los homenajes a los dioses!
Y cuando ya me aburran estas farsas impías,
posaré sobre él mi mano endeble y fuerte,
y, al igual que las uñas de las arpías, mis uñas
sabrán abrirse paso hasta su corazón.
¡Como un pájaro aún tierno que tiembla y que palpita,
sacaré de su pecho el sangrante corazón
y, para que se sacie mi fiera favorita,
se lo arrojaré con desdén por el suelo!».
Hacia el Cielo, donde su mirada divisa un trono espléndido,
el Poeta sereno alza sus brazos piadosos,
y los amplios destellos de su espíritu lúcido
le nublan la imagen de los pueblos furiosos:
—«¡Bendito seáis, Dios mío, que dais el sufrimiento
como divino remedio de nuestras impurezas