Las flores del mal
Las flores del mal que no comprenden, amantes como son cautivados por la carne,
la elegancia sin nombre del armazón humano.
¡Tú, gran esqueleto, colmas mi gusto más exigente!
¿Vienes a perturbar con tu imponente mueca
la fiesta de la Vida? ¿O qué antiguo deseo,
espoleando aún tu osamenta viviente,
te empuja, incauto, al aquelarre del Placer?
¿Con las notas de los violines y las llamas de las velas
esperas ahuyentar tu pesadilla burlona,
y vienes a pedirle al torrente de orgías
que refresque el infierno encendido en tu pecho?
¡Inagotable pozo de sandez y de culpas!
¡Sempiterno alambique del antiguo dolor!
A través del trenzado curvo de tus costillas
veo, errante todavía, el áspid insaciable.
A decir verdad, temo que tu coquetería
no alcance un premio digno de sus esfuerzos;
¿quién, entre estos mortales, sabe aguantar la broma?
¡Los encantos del horror solo arrebatan a los fuertes!
La sima de tus ojos, llena de ideas horribles,
exhala el vértigo, y los bailarines prudentes