Las flores del mal
Las flores del mal se escapa de sus ojos en blanco.
Sobre la cama, el tronco desnudo exhibe sin recato
con el más completo impudor
el esplendor secreto de la fatal belleza
que la naturaleza le otorgó;
en la pierna ha quedado como un recuerdo una media
rosácea, adornada con espiguillas doradas;
la liga, como un ojo secreto que resplandece,
dispara una mirada diamantina.
El peculiar aspecto de tanta soledad
y el de un gran retrato lánguido,
de ojos provocativos lo mismo que su gesto,
revela un amor tenebroso,
una alegría culpable y saraos extraños
llenos de besos infernales,
tan gratos al enjambre de los ángeles malos
que flotan en los pliegues de los cortinajes;
y aun así, contemplando la delgadez elegante
del hombro lastimado en su contorno,
la cadera algo huesuda y el talle atrevido
como un reptil irritado,
¡se ve que aún es joven! —¿Su alma exasperada
y sus sentidos roídos por el tedio
se entreabrieron a la jauría sedienta