Las flores del mal
Las flores del mal y siento sin embargo que mi boca se dirige hacia ti.
¡No me mires asÃ, tú, mi obsesión!
¡Tú a quien amo para siempre, mi hermana de elección,
aun cuando fueras una trampa tendida
y el comienzo de mi perdición!».
Delfina, sacudiendo su trágica maraña de pelo,
y como pataleando sobre un trÃpode de hierro,
la mirada fatal, respondió con una voz despótica:
—«Pero ante el amor ¿quién se atreve a hablar de infierno?
¡Maldito para siempre sea el soñador inútil
que por primera vez pretendió en su simpleza,
abordando un problema insoluble y estéril,
mezclar la honestidad en asuntos de amor!
¡Aquel que quiera unir en un acorde mÃstico
la sombra y el calor, la noche con el dÃa,
no caldeará jamás su cuerpo paralÃtico
con ese rojo sol que llamamos amor!
Si quieres, ve a buscar un novio mentecato;
corre a ofrecer un corazón virgen a sus besos crueles;
y, llena de remordimiento y de horror, toda lÃvida,