Las flores del mal
Las flores del mal a grandes tragos el perfume, el sonido y el color;
donde las naves, deslizándose sobre el oro y la seda,
abren sus largos brazos para abarcar la gloria
de un cielo puro donde vibra el eterno calor.
Hundiré mi cabeza entregada a la ebriedad
en ese negro océano donde el otro se encierra;
y mi sutil espíritu acariciado por el vaivén
sabrá encontraros —¡oh fecunda pereza!—,
¡balanceos infinitos del recreo embalsamado!
Cabellera azulada, palio de tinieblas tendidas,
me traes el azul del cielo inmenso y curvo;
en la pelusilla donde acaban tus mechones rizados
me embriago ardientemente con aromas que mezclan
el aceite de coco, el almizcle y la brea.
¡Por mucho tiempo!, ¡siempre!, mi mano en tu maraña espesa
sembrará el rubí, la perla y el zafiro
¡para que a mi deseo nunca te muestres sorda!
¿No eres el oasis con que sueño y el odre
donde aspiro a raudales el vino del recuerdo?
