Paraisos artificiales
Paraisos artificiales Es verdaderamente superfluo después de todas estas consideraciones, insistir en el carácter inmoral del hachís. Que se lo compare con el suicidio, con un suicidio lento, con un arma siempre ensangrentada y afilada, no lo podrá censurar ninguna persona razonable. Si lo comparo con la hechicería, con la magia que, al actuar sobre la materia misteriosamente, la falsedad o la eficacia de los cuales nada prueba, quieren conquistar un dominio prohibido para el hombre o permitido únicamente al que es juzgado digno de él, ninguna alma filosófica censurará esa comparación. Si la Iglesia condena la magia y la hechicería es porque ambas militan contra las intenciones de Dios, es porque ambas suprimen el trabajo del tiempo y quieren hacer superfluos los requisitos de pureza y moralidad y porque ella, la Iglesia, no considera legítimos y auténticos sino, solamente, los tesoros conquistados con la buena intención asidua. Si llamamos tramposo al jugador que ha dado con la manera de jugar a punto fijo ¿cómo llamaremos al hombre que desea comprar la felicidad y el genio con un poco de dinero? La infalibilidad misma del medio es lo que constituye su inmoralidad, así como la supuesta infalibilidad de la magia es lo que le impone ese estigma infernal. ¿Agregaré que el hachís, como todos los goces solitarios, hace al individuo inútil para los hombres, y a la sociedad superflua para el individuo, pues le impulsa a admirarse sin cesar a sí mismo y le precipita, día a día, hacia el abismo luminoso donde admira su rostro de Narciso?