Paraisos artificiales
Paraisos artificiales ¿Y, si aun a costa de su dignidad, su honestidad y su libre albedrÃo, el hombre pudiera obtener del hachÃs grandes beneficios espirituales, y convertirse en una especie de máquina pensante, en una especie de instrumento fecundo? Es una pregunta que he oÃdo formular con frecuencia y a la que respondo, ante todo, como ya he explicado largamente: el hachÃs no le revela al individuo sino el individuo mismo. Es cierto que este individuo está, por decirlo asÃ, elevado al cubo y llevado al extremo, y como también es cierto que el recuerdo de las impresiones sobrevive a la orgÃa, la esperanza de esos utilitarios no parece, a primera vista, desprovista de razón por completo. Pero yo les rogarÃa que observaran que las ideas de las que esperan sacar tanto provecho no son realmente tan bellas como parecen con sus disfraces momentáneos y revestidas con oropeles mágicos. Corresponden, más que al cielo, a la tierra y deben gran parte de su belleza a la agitación nerviosa, a la avidez con que la mente se arroja sobre ellas. Además, esta esperanza es un cÃrculo vicioso; admitamos por un instante que el hachÃs otorga el genio o, por lo menos, lo aumenta; olvidemos que el hachÃs, por naturaleza, disminuye la voluntad y, de este modo, otorga por un lado lo que quita por otro, es decir, la imaginación sin la facultad de aprovecharla. Finalmente hay que pensar, aun suponiendo un hombre lo bastante hábil y vigoroso para poder sustraerse a tal alternativa, en un peligro más, fatal y terrible: el peligro de los hábitos adquiridos. Todos ellos se transforman pronto en necesidades. El que apela a un veneno para pensar no podrá al cabo de poco tiempo pensar sin ese veneno. ¿Se imagina la suerte espantosa de un hombre cuya imaginación paralizada no podrÃa funcionar ya sin la ayuda del hachÃs o del opio?