Paraisos artificiales
Paraisos artificiales En los estudios filosóficos el espíritu humano, imitando la marcha de los astros, debe seguir una curva que lo lleva de vuelta al punto de partida. Concluir es cerrar un círculo. Al comienzo he hablado de ese estado maravilloso al que la mente del hombre se ve a veces arrojada como por una gracia especial. Dije que, al aspirar sin cesar a reanimar sus esperanzas y a elevarse hacia el infinito, manifestaba en todos los países y en todas las épocas, una afición frenética a todas las sustancias peligrosas que, al exaltar su personalidad, podían presentar un instante ante sus ojos ese paraíso de ocasión, objeto de todos sus deseos y, en fin, que ese espíritu temerario que lo puede llevar, sin que él lo sepa, hasta el infierno, atestiguaba su grandeza original de ese modo. Pero el hombre no está tan abandonado, tan privado de recursos honestos para ganar el cielo que se vea obligado a invocar la hechicería y la farmacia; no necesita vender su alma para pagar las caricias embriagadoras y la amistad de las huríes. ¿Qué es un paraíso, comprado al precio de la salvación eterna? Yo me imagino a un hombre (¿diré un brahmán, un poeta o un filósofo cristiano?) en el Olimpo escarpado de la espiritualidad; rodeado por las Musas de Rafael o de Mantegna que, con el fin de consolarle de sus largos ayunos y sus asiduas plegarias, combinan las danzas más nobles, le miran con los ojos más bondadosos y las sonrisas más brillantes y el Apolo divino, ese maestro de la sabiduría (el de Francavilla, el de Durero, el de Goltzius o cualquier otro, ¿qué importa? ¿Acaso no hay un Apolo para todo el que lo merece?) que acaricia con el arco sus cuerdas más vibrantes y debajo de él, al pie de la montaña, entre los espinos y el lodo, la turba de los humanos, la banda de los ilotas, simulando las muecas del deleite y lanzando los alaridos que le arranca la mordedura del veneno; y el poeta contristado se dice: «Estos infortunados que no han ayunado ni rezado y que han rechazado la redención por el trabajo, piden a la magia negra los medios de elevarse, de pronto, a la existencia sobrenatural. La magia les engaña y enciende para ellos una dicha falsa y una luz ficticia, en tanto que nosotros, poetas y filósofos, hemos regenerado nuestra alma con la contemplación y el trabajo continuo; mediante el ejercicio constante de nuestra voluntad y la nobleza permanente de la intención, hemos creado para nuestro uso un jardín de auténtica belleza. Confiando en el dicho: la fe transporta las montañas ¡hemos realizado el único milagro para el cual Dios nos otorgó el permiso!».