Paraisos artificiales

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Un opiómano

I. Precauciones oratorias

I. Precauciones oratorias

«¡Oh justo, sutil y poderoso opio! ¡Tú, que en el pecho del pobre lo mismo que en el del rico, para las heridas que jamás cicatrizan y para las angustias que hacen rebelarse al espíritu, viertes un bálsamo calmante; tú, opio elocuente, que con tu retórica potente desarmas las decisiones de la ira y durante una noche devuelves al culpable las esperanzas de la adolescencia y sus antiguas manos no manchadas con sangre; que al hombre vanidoso le otorgas un pasajero olvido

de las culpas no reparadas y los insultos no vengados;

que citas a los falsos testigos ante el tribunal de los sueños, para el triunfo de la inocencia inmolada; que dejas confundido al perjuro; que anulas las sentencias de los jueces inicuos! Tú edificas en el seno de las tinieblas, con los imaginarios materiales del cerebro, con un arte más profundo que Fidias y Praxiteles, templos y ciudades que, en esplendor, superan a Babilonia y Hecatómpilos y del caos de un sueño poblado de visiones haces que a la luz del sol surjan los rostros de las bellezas desde hace largo tiempo enterradas y las fisonomías familiares y bendecidas exentas de los ultrajes de la tumba. Sólo tú das al hombre esos tesoros y posees las llaves del paraíso, ¡oh justo, sutil y poderoso opio!».


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