Paraisos artificiales
Paraisos artificiales Pero antes de que el autor haya encontrado la audacia necesaria para lanzar, en honor de su amado opio, ese grito violento como el agradecimiento del amor, ¡cuántas artimañas, cuántas precauciones oratorias! Ante todo, es el alegato eterno que quienes deben hacer confesiones comprometedoras, casi decididos no obstante, a complacerse con ellas:
«Gracias a la aplicación que he puesto en ellas, confío en que estas memorias no serán simplemente interesantes, sino también, en grado considerable, útiles e instructivas. Con esa esperanza las he escrito, y ésa será mi excusa por haber violado esa deliciosa y honorable reserva que, a la mayoría de nosotros, impide una exhibición pública de nuestros propios errores y flaquezas. Nada, en verdad, más adecuado para irritar la sensatez inglesa que el espectáculo de un ser humano que impone a nuestra atención sus cicatrices y sus llagas morales y que arranca la púdica vestimenta con que el tiempo, o la indulgencia con la humana fragilidad ha consentido en revestirlas».