Paraisos artificiales

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El futuro opiómano tenía siete años cuando murió su padre dejándolo a cargo de unos tutores que le hicieron recibir su primera enseñanza en diversas escuelas. Muy pronto se distinguió por sus aptitudes literarias, particularmente por su conocimiento prematuro de la lengua griega. A los trece años escribía en griego, y a los quince no sólo podía componer versos griegos en metros líricos, sino también conversar en griego con fluidez y sin embarazo, facultad que debía a la costumbre diaria de improvisar en griego la traducción de periódicos ingleses. La necesidad de encontrar en su memoria y en su imaginación muchas perífrasis para expresar en un idioma muerto imágenes e ideas absolutamente modernas le creó un diccionario siempre a mano, mucho más complejo y extenso que el que crea el vulgar estudio paciente de los temas exclusivamente literarios. «Ese muchacho —decía uno de los maestros señalándolo a un forastero— podría arengar a una multitud ateniense mucho mejor que usted y yo a una multitud inglesa». Por desgracia, nuestro precoz helenista fue arrebatado a ese maestro excelente y, después de pasar por las manos de un tosco pedagogo que temblaba constantemente por temor a que el niño corrigiese su ignorancia, lo pusieron a cargo de un profesor bueno y sólido que pecaba asimismo por falta de elegancia y en nada recordaba la erudición ardiente y chispeante del primero. Mala cosa es que un niño pueda juzgar a sus maestros y colocarse por encima de ellos. Traducían a Sófocles, y antes de la apertura de la clase el profesor celoso, el archididascalus, se preparaba con una gramática y un léxico para la lectura de los coros, purgando su lección de antemano de todas las vacilaciones y dificultades. Entretanto, el muchacho (casi tenía ya diecisiete años) quería ardientemente ir a la Universidad, pero a ese respecto importunaba en vano a sus tutores. Uno de ellos, hombre excelente y razonable, residía muy lejos. De los tres restantes, dos habían depositado toda su autoridad en el cuarto, y éste se nos describe como el mentor más tozudo del mundo y el más enamorado de su propia voluntad. Nuestro joven aventurero toma una gran decisión: se escapará de la escuela. Escribe a una mujer excelente y encantadora, sin duda amiga de su familia, la que de niño solía sentarlo en sus rodillas, para pedirle que le enviara cinco guineas. Una respuesta llena de gracia maternal llega pronto con el doble de la suma pedida. Su bolsa de escolar contenía todavía dos guineas, y doce guineas representan una fortuna infinita para un niño que ignora las necesidades cotidianas de la vida. Ya sólo se trata de ejecutar la fuga. El pasaje siguiente es de los que no puedo resignarme a abreviar. Por lo demás, conviene que de vez en cuando el lector pueda saborear por sí mismo el estilo vivaz y femenino del autor.


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