Paraisos artificiales

Paraisos artificiales

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«El doctor Johnson hace una observación muy justa (y llena de sentimiento, lo que por desgracia no se puede decir de todas sus observaciones) y es que jamás hacemos a sabiendas por vez última, sin tristeza en el corazón, lo que hemos tenido la costumbre de hacer durante largo tiempo. Yo sentí profundamente esta verdad cuando tuve que dejar un lugar que no amaba y donde no había sido dichoso. La tarde anterior al día en que debía huir de allí para siempre, oí con tristeza resonar en la vieja y alta sala de la clase la oración vespertina, pues la oía por última vez; y llegada la noche, cuando se pasó lista y, como de costumbre, se pronunció en el primer lugar mi nombre, me adelanté y, al pasar por delante del director que se hallaba presente, le saludé, le miré curiosamente en el rostro y pensé para mis adentros: “Está viejo y enclenque y no lo volveré a ver en este mundo”. Yo estaba en lo cierto, porque no he vuelto a verlo ni volveré a verlo nunca. Él me miró con complacencia, con una buena sonrisa, me devolvió el saludo, o más bien mi despedida, y nos separamos para siempre sin que él lo sospechara. Yo no podía sentir un profundo respeto por su inteligencia, pero se había mostrado siempre muy bueno conmigo, me había concedido numerosos favores, y yo sufría pensando en la mortificación que iba a infligirle.



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