Paraisos artificiales

Paraisos artificiales

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»Y llegó la mañana en la que me debía lanzar al mar del mundo, mañana de la que toda mi vida subsiguiente ha tomado su color en gran parte. Me alojaba en la casa del director y desde mi llegada había conseguido el favor de una habitación privada, que me servía igualmente de dormitorio y de gabinete de trabajo. A las tres y media me levanté y contemplé con profunda emoción las antiguas torres de… adornadas con los primeros fulgores y que empezaban a empurpurarse con el resplandor radiante de una mañana de junio sin nubes. Me sentía firme e inquebrantable en mi propósito, pero me turbaba, no obstante, una vaga aprensión de engorros y de peligros inciertos. Y si hubiera podido prever la tormenta, la verdadera granizada de angustia que iba a descargarse sobre mí poco después, me habría sentido con razón más inquieto. La profunda paz de la mañana hacía con mi inquietud un contraste enternecedor y le servía casi de medicina. El silencio era mayor que a medianoche, y el silencio de una mañana de verano me conmueve más que todo otro silencio, porque la luz, aunque amplia y fuerte, como la del mediodía en las otras estaciones del año, parece diferir de la del pleno día, sobre todo en que el hombre no ha salido aún de casa; y así la paz de la naturaleza y de las inocentes criaturas de Dios parece profunda y segura, mientras la presencia del hombre, con su espíritu inquieto e inestable, no venga a perturbar su santidad. Me vestí, tomé el sombrero y los guantes y me entretuve algún tiempo en la habitación. Desde hacía año y medio esa habitación había sido la ciudadela de mi pensamiento; allí había leído y estudiado durante las largas horas de la noche y aunque, a decir verdad, en la parte final de ese período, yo, que había nacido para el amor y los afectos tiernos, había perdido mi alegría y mi dicha en el febril combate sostenido con mi tutor, por otro lado, no obstante, un joven como yo, amante de los libros, entregado a las investigaciones del espíritu, no podía dejar de haber gozado de algunas horas gratas aun en medio del desaliento. Lloré mirando a mi alrededor el sillón, la chimenea, el escritorio y los otros objetos familiares que estaba muy seguro no volvería a ver. Desde entonces hasta el momento en que trazo estas líneas han pasado dieciocho años y, sin embargo, en este mismo instante veo muy claramente, como si fuese ayer, el contorno y la expresión del objeto en el que había fijado mi mirada de despedida; era un retrato de la encantadora…[4] que se hallaba colgado sobre la chimenea, y cuyos ojos y boca eran tan bellos y el rostro tan radiante de bondad y de calma divina, que mil veces había dejado caer la pluma o el libro para pedir consuelos a su imagen, como un devoto a su santo patrono. Mientras la contemplaba con arrobo, la profunda voz del reloj proclamó que eran las cuatro. Me elevé hasta el retrato, le di un beso, salí silenciosamente y cerré la puerta para siempre.


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