Paraisos artificiales

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y tenía una espalda tan ancha como las llanuras de Salisbury. Se empeñó, pues, en transportar él solo la valija, mientras yo le esperaba ansiosamente en la planta baja. Durante un rato oí que descendía con paso firme y lento; mas desgraciadamente, a causa de su inquietud, en el instante en que se acercaba al lugar peligroso, se le resbaló el pie a unos pasos del corredor, y la pesada carga, al caer de sus hombros, adquirió tal velocidad de descenso en cada peldaño de la escalera, que al llegar abajo rodó, o más bien saltó directamente, con estruendo infernal, contra la puerta del dormitorio del archididascalus. Fue mi primera impresión de que todo estaba perdido y que la única posiblidad que me quedaba de realizar la retirada era sacrificar el equipaje. Sin embargo, un momento de reflexión me decidió a esperar el final de la aventura. El groom estaba tan aterrado por él como por mí, mas a pesar de todo, la sensación de lo cómico se había apoderado de su mente tan irresistiblemente durante ese desdichado contratiempo que soltó una carcajada, pero una carcajada prolongada, aturdidora, a todo vuelo, que habría despertado a los Siete Durmientes. A los sones de esa música alegre, que resonaba en los oídos mismos de la autoridad así insultada, no pude menos de agregar la mía, no tanto a causa de la infausta travesura de la valija, sino del efecto nervioso producido en el groom. Ambos esperábamos, muy naturalmente, ver al doctor abalanzarse fuera de su habitación pues, en general, si oía que se movía un ratón, saltaba como un mastín fuera de su caseta. Cosa extraña, en aquella ocasión, cuando cesaron nuestras carcajadas, no se oyó en la habitación ruido alguno, ni siquiera un rozamiento. El doctor padecía de una enfermedad dolorosa que a veces lo mantenía despierto, pero que quizá cuando conseguía amodorrarse le hacía dormir más profundamente. Alentado por aquel silencio, el groom volvió a ponerse la valija en los hombros y siguió descendiendo sin accidente alguno. Esperé hasta ver la valija en una carretilla y en camino hacia el coche. Entonces, sin más guía que la Providencia, partí a pie, llevando bajo el brazo el paquetito con algunos objetos de lavabo, un poeta inglés favorito en el bolsillo, y en el otro un pequeño volumen en dozavo que contenía unas nueve piezas de Eurípides».


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