Paraisos artificiales

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Nuestro escolar había acariciado la idea de dirigirse a Westmoreland pero un accidente que no explica cambió su itinerario y lo lanzó a las Galias del Norte. Después de haber errado durante algún tiempo por el Denbighsire, el Marionethshire y el Caernarvonshire, se instaló en una casita de B… muy adecuada, pero no tardó en arrojarlo de allí un incidente en el que su orgullo juvenil se sintió herido de la manera más cómica. Había servido su patrona en casa de un obispo, ya como gobernanta o ya como niñera. La soberbia desaforada del clero inglés se infiltra generalmente, no tan sólo en los hijos de los dignatarios, sino también en sus servidores. En una ciudad pequeña como B… el hecho de haber servido a la familia de un obispo bastaba evidentemente para conferir una especie de distinción, de modo que la buena señora no tenía sin cesar en la boca sino frases como ésta: «Milord hacía esto, milord hacía aquello, milord era indispensable en el Parlamento, indispensable en Oxford…». Tal vez le pareció a ella que el muchacho no escuchaba sus palabras con la reverencia suficiente. Un día fue la dama a saludar al obispo y su familia y el obispo le interrogó sobre sus actividades. Al saber que ella había alquilado su departamento, el muy digno prelado cuidó de recomendarle que se mostrara exigente en la elección de sus inquilinos. «Betty —le dijo—, recuerde que ese lugar está situado en el camino real que lleva a la capital, de modo que verosímilmente debe servir de etapa a una multitud de estafadores irlandeses que huyen de sus acreedores de Inglaterra y de estafadores ingleses que han contraído deudas en la isla de Man». Y la buena señora, al contar con orgullo su entrevista con el obispo, no dejó de agregar su respuesta: «Oh, milord, yo no creo realmente que ese caballero es un estafador, puesto que…». «¡Usted no cree que soy un estafador! —exclamó el joven escolar, exasperado—. En adelante voy a ahorrarle el trabajo de tener que pensar en esas cosas». Y se dispuso a partir. La pobre patrona deseaba cantar la palinodia, pero como la ira inspiró al joven algunas expresiones poco respetuosas para el señor obispo, toda reconciliación se hizo imposible. «Yo estaba —dice— verdaderamente indignado por esa facilidad con que el obispo podía calumniar a una persona que nunca había visto y sentí ganas de hacerle saber en griego lo que pensaba al respecto, lo que, proporcionando una presunción en favor de mi honestidad, obligaría al mismo tiempo al obispo (al menos yo lo esperaba) a contestarme en el mismo idioma, caso en el que no dudaba que se pondría de manifiesto que si no era tan rico como Su Señoría, era yo un helenista mucho mejor que él. Ideas más saludables anularon ese proyecto pueril…».


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