Paraisos artificiales

Paraisos artificiales

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Se reanuda su vida errante; pero de posada en posada no tarda en encontrarse despojado de su dinero. Durante quince días se ve obligado a contentarse con un solo plato diario. El ejercicio y el aire de las montañas, que actúan con mucha fuerza en un estómago joven, hacen que ese magro régimen le sea muy doloroso, pues esa comida única consiste en café o té. Por fin el té y el café se hacen un lujo imposible y durante toda su estada en Gales se alimenta, únicamente, de moras y bayas de agavanzo. De vez en cuando una buena hospitalidad interrumpe como una fiesta esa dieta de anacoreta y paga esa hospitalidad, generalmente, con pequeños servicios de memorialista. Desempeña el oficio de secretario para los campesinos con parientes en Londres o Liverpool, pero con más frecuencia son cartas amorosas que las muchachas, que han sido sirvientas en Sherewsbury o en otra ciudad cualquiera de la costa británica, le encargan que redacte para los enamorados que dejaron allá. Hay inclusive un episodio de este género que tiene un carácter conmovedor. En un lugar lejano de Marionethshire, en Lian y Stindwr, se aloja durante poco más de tres días en casa de unos jóvenes que lo tratan con una cordialidad encantadora: cuatro hermanas y tres hermanos que hablan todos inglés y están dotados con un elegancia y una belleza innatas enteramente raras. Él redacta una carta para uno de los hermanos, quien, habiendo servido en un barco de guerra, desea reclamar su parte de la presa y, más secretamente, dos cartas amorosas para dos de las cuatro hermanas. Esas criaturas ingenuas, con su candor, su distinción innata y sus rubores públicos, hacen pensar, cuando dictan sus instrucciones, en las gracias delicadas y límpidas de los libros de estampas navideñas. Cumple tan bien su cometido que las blancas muchachas se quedan admiradas viendo cómo ha sabido conciliar las exigencias de su pudor altivo con su ansia secreta de decir las cosas más amables. Pero una mañana advierte una conmoción extraña, como de aflicción: es que regresan los ancianos padres, personas austeras y gruñonas que se habían marchado para asistir en Caernarvon a una reunión anual de metodistas. Todas las frases que el joven les dirige, obtienen esta sola respuesta: «Dym Sassenach (no English)». «Pese a todo lo que los jóvenes podían decir en mi favor, comprendí fácilmente que mi talento para escribir cartas de amor sería para aquellos graves metodistas sexagenarios una recomendación tan pobre, como mis versos sáficos o alcaicos». Y temiendo que la graciosa hospitalidad que le habían ofrecido los jóvenes se transformase en cruel caridad en el ánimo de aquellos rudos ancianos, reanuda su singular peregrinaje.


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