Paraisos artificiales

Paraisos artificiales

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El autor no nos dice por qué medios ingeniosos consiguió, no obstante su pobreza, transportarse hasta Londres. Pero allí la miseria es tan grande que se convierte en un padecimiento terrible, casi una agonía cotidiana. Imagínense dieciséis semanas seguidas de torturas causadas por un hambre permanente, apenas aliviadas por algunas migas de pan hurtadas sutilmente de la mesa de un hombre de quien tendremos que hablar inmediatamente, dos meses durmiendo en campo raso y además, con el sueño corrompido por angustias y sobresaltos intermitentes. Esa aventura de muchacho le costaba en verdad muy cara. Pero cuando llegó a la estación inclemente, como para aumentar sus sufrimientos que parecían no poder agravarse, tuvo la suerte de encontrar un refugio ¡pero qué refugio! El hombre cuya comida presenciaba y a quien hurtaba las cortezas de pan, creía que el joven estaba enfermo e ignoraba que carecía absolutamente de todo, por lo que le permitió que durmiera en una gran casa desocupada de la que era inquilino. No tenía más muebles que una mesa y algunas pocas sillas; era aquello un desierto polvoriento en el que pululaban las ratas. En esa desolación habitaba, no obstante, una pobre niña, no idiota pero simple y ni linda por cierto, como de unos diez años, a menos que le hubiera envejecido el rostro, muy prematuramente, el hambre que la roía. ¿Era sencillamente una sirvienta o la hija natural de aquel hombre? El autor aún lo ignora. La pobre abandonada se sintió muy dichosa cuando supo que, en adelante, tendría un compañero para las negras horas de la noche. La casa era espaciosa y la ausencia de muebles y cortinas la hacía más sonora; la abundancia de ratas llenaba de rumores la escalera y las salas. Entre los sufrimientos corporales causados por el hambre y el frío, la desdichada niña había conseguido crearse un nuevo mal imaginario: ¡tenía miedo de los aparecidos! El joven prometió protegerla contra ellos y agregó chuscamente que era «toda la ayuda que podía ofrecerle». Y los dos seres, flacos, hambrientos, temblorosos, dormían en el suelo, con legajos de asuntos judiciales a la manera de almohada, sin más manta que un raído capote de soldado. Sin embargo, más tarde descubrieron en la buhardilla la vieja funda de un diván, unos trapos y un trozo de alfombra que les dieron un poco más de abrigo. La pobre niña se apretaba contra él para calentarse y defenderse de sus enemigos del otro mundo. Cuando no estaba más enfermo que de costumbre la tomaba en sus brazos, y la niña, confortada por aquel contacto fraterno, se quedaba dormida, en tanto que el muchacho no podía lograrlo. Pues durante esos dos últimos meses de sufrimiento dormía mucho de día o caía, más bien, en somnolencias súbitas, malos sueños obsesos por pesadillas tumultuosas; se despertaba a cada instante y volvía a dormirse, pues la angustia y el dolor interrumpían violentamente su sueño y el cansancio volvía a sumirlo en él irresistiblemente. ¿Qué persona nerviosa no conoce ese sueño de perros, como dice la lengua inglesa con su energía elíptica? Pues los dolores morales causan efectos análogos a los de los sufrimientos físicos, como el hambre. Uno se oye gemir a sí mismo y a veces su propia voz lo despierta; se ahueca y se contrae cada vez más el estómago, como una esponja oprimida por una mano fuerte; se encoge y levanta el diafragma, la respiración se interrumpe y la angustia va constantemente en aumento hasta que, encontrando un remedio en la intensidad del dolor mismo, la naturaleza humana hace explosión en un grito y en un salto de todo el cuerpo que, finalmente, trae consigo una liberación violenta.


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