Paraisos artificiales

Paraisos artificiales

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Entretanto, el dueño de la casa llegaba a veces súbitamente y muy temprano, y otras no aparecía. Se mantenía siempre alerta por temor a los alguaciles refinando el sistema de Cromwell y se acostaba cada noche en un barrio distinto, examinando, a través de un postigo, la cara de las personas que llamaban a la puerta; desayunaba únicamente con una taza de té y un panecillo o con unos bizcochos comprados en el camino, y nunca invitaba a nadie. Durante esa comida, maravillosamente frugal, el joven encontraba sutilmente un pretexto para quedarse en la pieza y entablar conversación; luego con el aire más indiferente que podía adoptar, recogía las últimas migajas caídas bajo la mesa; aunque a veces no quedaba para él miga alguna, pues el otro había devorado hasta la última. A la niña jamás se le permitía entrar en el despacho del hombre, si se puede llamar así a un amontonamiento de papeles y pergaminos. A las seis, ese personaje misterioso se marchaba y cerraba su habitación. Tan pronto como llegaba por la mañana, la niña descendía para atenderlo. Y cuando comenzaba para el hombre la hora de los negocios y el trabajo, el joven vagabundo salía a caminar sin rumbo o a sentarse en los parques o en cualquier otra parte. Por la noche volvía a su desolado albergue y al oír el aldabonazo la pequeña corría con paso tembloroso para abrirle la puerta.



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