Paraisos artificiales
Paraisos artificiales Años más tarde, ya adulto, un 15 de agosto, día de su nacimiento, a las diez de la noche, el autor quiso lanzar una mirada al asilo de sus viejas miserias. A la luz refulgente de una hermosa sala vio a varias personas que tomaban té y que parecían todo lo felices que es posible serlo; es extraño el contraste con la oscuridad, el frío, la desolación y el silencio de aquella misma casa cuando diez años antes albergaba a un estudiante hambriento y a una pobre muchacha abandonada. Posteriormente hizo algunos esfuerzos por encontrar las huellas de aquella pobre niña. ¿Ha seguido viviendo? ¿Ha llegado a ser madre? No pudo obtener información alguna. La amaba como su compañera de miseria, pues no era bonita ni agradable y ni siquiera era inteligente. No tenía más seducción que un rostro humano, la pura humanidad menoscabada a su expresión más pobre. Pero según ha dicho, creo que Robespierre, en su estilo de hielo ardiente, recocido y congelado como la abstracción misma, «El hombre jamás ve al hombre sin complacerse con ello».