Paraisos artificiales
Paraisos artificiales ¿Pero quién era y qué hacía ese hombre, ese inquilino de costumbres tan misteriosas? Era uno de esos hombres de negocios como hay tantos en las grandes ciudades, envueltos en triquiñuelas complicadas que soslayan de algún modo las leyes y que durante un tiempo había puesto en suspenso su conciencia, a la espera de que una ocasión más próspera le permitiera recobrar el uso de aquel lujo molesto. Si lo hubiera querido, el autor, según dice, habría podido entretenernos vivamente a expensas del desdichado y contarnos escenas muy curiosas y algunos episodios impagables; pero prefiere olvidarlo todo y recordar sólo una cosa: que aquel hombre, despreciable en otros aspectos, con él se había mostrado siempre complaciente, e incluso generoso, al menos en la medida en que podía. Exceptuando el santuario de su papelería, las otras habitaciones estaban a disposición de los dos niños, quienes todas las tardes podían, en consecuencia, elegir con amplitud su alojamiento y por las noches instalar su tienda donde mejor les pareciera.