Paraisos artificiales
Paraisos artificiales Pero el joven contaba con otra amiga de la que debemos hablar ya. Para relatar dignamente este episodio deberÃa hurtar, por decirlo asÃ, una pluma de las alas de un ángel, tan casto me parece ese cuadro, tan lleno de ingenuidad, gracia y misericordia. «Siempre —dice el autor— habÃa tenido a mucha honra conversar familiarmente, more socratico, con todos los seres humanos, mujeres, hombres y niños, que el azar podÃa arrojar en mi camino, costumbre favorable para el conocimiento de la Ãndole humana, los buenos sentimientos y los modales francos que convienen a un hombre que quiere merecer el tÃtulo de filósofo. Pues no debe el filósofo mirar con los mismos ojos que ese pobre ser limitado que se llama a sà mismo hombre de mundo tan lleno de prejuicios estrechos y egoÃstas, sino que, por el contrario, debe considerarse como un ser verdaderamente católico, en comunión e iguales relaciones con todo lo que está arriba y todo lo que está abajo, con la gente instruida y con la no educada, con los culpables y con los inocentes». Más tarde, entre los goces que le concede el opio generoso, veremos que se reproduce ese espÃritu de caridad y de fraternidad universales, pero activado y aumentado por el genio particular de la embriaguez. En las calles de Londres, más aún que en el paÃs de Gales, el estudiante emancipado era una especie de peripatético, un filósofo de la calle que sin cesar meditaba entre los torbellinos de la ciudad inmensa. Este episodio podrÃa parecer un poco extraño en páginas inglesas, pues, como ya se sabe, la literatura inglesa lleva la castidad a la gazmoñerÃa, pero lo que es seguro es que ese mismo tema, apenas desflorado por una pluma francesa, se habrÃa hecho rápidamente shocking, en tanto que en este caso sólo hay gracia y decencia. Para decirlo en dos palabras, nuestro joven errante habÃa contraÃdo una amistad platónica con una peripatética del amor. Pero Ana no es una de esas bellezas audaces y deslumbrantes cuyos ojos de diabla resplandecen a través de la niebla y que hacen de su descoco una aureola. Ana es una criatura muy sencilla, muy común, despojada, abandonada, como son tantas otras y reducida a la abyección por la perfidia. Pero está revestida con esa gracia innombrable, con esa gracia de la debilidad y la bondad que Goethe sabÃa infundir a todas las hijas de su mente, y que ha hecho de su pequeña Margarita de manos enrojecidas, una criatura inmortal. ¡Cuántas veces, entre sus monótonas peregrinaciones por la interminable Oxford Street, entre el hormiguero de la urbe rebosante de actividad, el estudiante famélico exhortó a su desdichada amiga a implorar la ayuda de un juez contra el miserable que la habÃa despojado, ofreciéndose a sostenerla con su testimonio y su elocuencia! Ana era todavÃa más joven que él, pues tenÃa sólo dieciséis años. ¡Y cuántas veces le protegió la joven de los agentes policiales que querÃan echarlo de los portales donde se cobijaba! Una vez hizo más la pobre abandonada: se habÃan sentado ella y su amigo en la Soho-Square, en los peldaños de una casa por delante de la cual, según confiesa, no ha podido pasar de nuevo desde entonces sin sentir oprimido el pecho por el recuerdo de ese dÃa. Se sentÃa más débil y enfermo que de costumbre, pero, apenas sentado, le pareció que su malestar empeoraba. HabÃa apoyado la cabeza en el seno de su hermana en el infortunio y de pronto se escapó de sus brazos y cayó boca arriba en los escalones de la puerta. Sin un estimulante vigoroso habrÃa perecido, o al menos habrÃa caÃdo para siempre en un estado de invalidez irremediable. Y en esa crisis de su destino fue la criatura abandonada quien le tendió la mano salvadora, ella, que sólo habÃa conocido en este mundo la afrenta y la injusticia. La joven gritó aterrada y, sin perder un segundo, corrió a la Oxford Street, de donde volvió casi inmediatamente con un vaso de oporto sazonado, cuya acción reparadora fue maravillosa para un estómago vacÃo que no habrÃa soportado ningún alimento sólido. «¡Oh, mi joven bienhechora! ¡Cuántas veces en los años siguientes, refugiado en lugares solitarios, y soñando contigo con el pecho transido de tristeza y de un amor sincero, cuántas veces he sentido el deseo de que la bendición de un pecho agradecido tuviese el privilegio y el poder sobrenatural que los antiguos atribuÃan a la maldición de un padre y que ejercÃa su efecto con el rigor seguro de una fatalidad! ¡Cuántas veces también he deseado que mi agradecimiento recibiera del cielo el poder de seguirte, obsederte, acecharte, sorprenderte, alcanzarte en las densas tinieblas de un tugurio de Londres o, si fuera posible, en las tinieblas mismas de la tumba, para despertarte allà con un mensaje auténtico de paz y de perdones y de reconciliación definitiva!».