Paraisos artificiales

Paraisos artificiales

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¿Ana ha desparecido por completo? ¡Oh, no, volveremos a verla en los mundos del opio; como un fantasma extraño y transfigurado surgirá lentamente en la humareda del recuerdo, como el genio de Las mil y una noches de los vapores de la botella! En lo que al opiómano respecta, los sufrimientos de la infancia han echado en él raíces tan profundas, que algún día llegarán a ser árboles, y esos árboles arrojarán su sombra fúnebre sobre todas las cosas de la vida. Pero esos dolores nuevos, cuyo presentimiento nos dan las últimas páginas de la parte biográfica de la obra, serán soportados con coraje, con la firmeza de un ánimo maduro y enormemente aliviado por la simpatía más profunda y más tierna. Contienen esas páginas la invocación más noble y la más afectuosa acción de gracias a una compañera valiente, sentada constantemente en la cabecera de la cama donde reposa un cerebro acosado por las Euménides. El Orestes del opio ha encontrado a su Electra, la que durante años ha enjugado en su frente el sudor de la angustia y refrescado sus labios apergaminados por la fiebre. «¡Pues tú fuiste mi Electra, querida compañera de mis años siguientes! ¡Y no quisiste que la esposa inglesa fuese vencida por la hermana griega en nobleza de ánimo ni en devoción paciente!». Antaño, durante sus miserias juveniles, cuando vagaba por la Oxford Street en las noches de luna llena, hundía con frecuencia su mirada (y ése era su único consuelo) en las avenidas que atraviesan el centro de Mary-le-bone y conducen al campo; y recorriendo imaginariamente las largas perspectivas cortadas por las luces y las sombras, se decía: «Ese es el camino hacia el norte, y aquel que es el que lleva… Si tuviera las alas de la tórtola sería ése el camino por el que volaría en busca de consuelo». ¡Hombre, como todos los hombres, cegado por su deseo! Pues era allí, en el norte, en aquel lugar mismo, en aquel mismo valle, donde encontraría sus nuevos sufrimientos y toda su compañía de fantasmas crueles. Pero allí vive también la Electra de bondades reparadoras, y todavía ahora, cuando meditabundo y solitario, recorre el inmenso Londres con el corazón transido por pesares innumerables que reclaman el dulce bálsamo del afecto doméstico, contemplando las calles que se lanzan de la Oxford Street hacia el norte y pensando en la Electra muy amada que le espera en aquel mismo valle y quizás en la misma casa, el hombre exclama como el niño en otro tiempo: «¡Si tuviera las alas de la tórtola sería ése el camino por el que volaría en busca de consuelo!».


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