Paraisos artificiales
Paraisos artificiales Como dije al comienzo, fue la necesidad de aliviar los dolores de un organismo debilitado por las lamentables aventuras juveniles la que engendró en el autor de estas memorias el empleo, al principio frecuente y luego cotidiano, del opio. Que el deseo irresistible de renovar las misteriosas voluptuosidades descubiertas desde el principio le indujera a repetir con frecuencia sus experiencias, no lo niega o inclusive lo confiesa sinceramente; sólo invoca el beneficio de una excusa. Pero la primera vez que él y el opio trabaron conocimiento fue por medio de una circunstancia trivial. Un día, presa de un fuerte dolor de muelas, atribuyó sus dolores a la falta de higiene, y como desde la infancia acostumbraba a hundir todos los días la cabeza en el agua fría, recurrió imprudentemente a esta práctica, peligrosa en aquel caso. Luego volvió a acostarse con el cabello completamente chorreante. La consecuencia fue un fuerte dolor reumático en la cabeza y la cara que duró no menos de veinte días. El vigésimo primero, un domingo lluvioso del otoño de 1804, cuando vagaba por las calles de Londres para distraerse de su dolencia (era la primera vez que veía de nuevo a Londres desde su ingreso a la Universidad) se encontró con un compañero que le recomendó el opio. Una hora después de haber bebido la tintura de opio en la cantidad prescrita por el farmacéutico todos sus dolores desaparecieron. Pero ese beneficio, que tan grande le pareció inmediatamente, no fue nada en comparación con los nuevos placeres que se le revelaron así súbitamente. ¡Qué embeleso mental! ¡Qué mundos interiores! ¿Era eso pues, la panacea, el pharmakon nepenthes para todos los dolores humanos?