Paraisos artificiales
Paraisos artificiales El autor se propone, ante todo, vindicar de calumnias al opio. Éste no es soporÃfero, al menos para la mente, pues no embriaga y si el láudano, tomado con exceso, puede embriagar, la causa no es el opio, sino el alcohol que contiene. A continuación compara los efectos del alcohol con los del opio y define con claridad sus diferencias: asÃ, el placer que causa el vino sigue una marcha ascendente, al final de la cual va decreciendo, en tanto que el del opio, una vez producido, se mantiene sin cambio durante ocho o diez horas; el uno es un placer agudo y el otro un placer crónico; allà produce una llamarada y aquà un ardor parejo y sostenido. Pero la gran diferencia consiste sobre todo en que el vino perturba las facultades mentales, mientras que el opio introduce en ellas el orden supremo y la armonÃa. El vino impide que el hombre se domine a sà mismo y el opio hace más flexible y tranquilo el dominio de sà mismo en el hombre. Todos saben que el vino comunica un vigor extraordinario, aunque momentáneo, a la admiración y el menosprecio, el amor y el odio. En cambio, el opio comunica a las facultades el sentimiento de la disciplina y una especie de salud divina. Los hombres que se emborrachan con el vino se juran una amistad eterna, se estrechan las manos y derraman lágrimas sin que se pueda comprender la causa; y llega evidentemente a su apogeo la parte sensual del hombre. Sin embargo, la expansión de sentimientos tan benévolos causada por el opio no es un acceso de fiebre; más bien es que ha sido reintegrado y restaurado en su estado natural el hombre primitivamente bueno y justo, liberado de todas las amarguras que habÃan corrompido ocasionalmente su noble temperamento. En fin, por grandes que sean los beneficios del vino, se puede decir que linda a menudo con la locura o con la extravagancia, y que fuera de cierto lÃmite volatiliza, por decirlo asÃ, y dispersa la energÃa intelectual, mientras que el opio parece apaciguar siempre lo agitado y concentrar lo que estaba diseminado. En sÃntesis, es la parte puramente humana del hombre e inclusive, la parte más brutal con frecuencia, la que, con la ayuda del vino, usurpa la soberanÃa, en tanto que el opiómano siente plenamente que la parte depurada de su ser y sus afectos morales gozan de una agilidad máxima y, ante todo, que su inteligencia adquiere una lucidez consoladora y sin nubes.