Paraisos artificiales

Paraisos artificiales

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El autor niega igualmente que a la exaltación mental producida por el opio le siga forzosamente un abatimiento equivalente y que el empleo de esa droga origine, como una consecuencia natural e inmediata, una inercia y un sopor de las facultades. Afirma que durante un período de diez años gozó siempre al día siguiente de la orgía, de una salud intelectual notable. En cuanto a ese entorpecimiento del que han hablado tantos escritores y en el que hace creer especialmente el embrutecimiento de los turcos, afirma que jamás lo ha conocido. Es posible que el opio, según la calificación con que se lo designa, actúe al final como narcótico; sus primeros efectos, sin embargo, estimulan y exaltan siempre al hombre y esa elevación de la mente nunca dura menos de ocho horas; de modo que el opiómano es quien tiene la culpa si no mide su medicamento de manera que recaiga en su sueño natural todo el peso de la influencia narcótica. Y para que el lector pueda juzgar si el opio es capaz de aturdir las facultades de una sesera inglesa, ofrecerá dos muestras de sus placeres y tratará el asunto por medio de ilustraciones más bien que de argumentos, y relatará el modo de cómo empleaba en Londres con frecuencia sus veladas de opio, en el período de tiempo comprendido entre 1804 y 1812. Era él entonces un trabajador infatigable, y como se dedicaba todo el tiempo a severos estudios, creía tener derecho a buscar, de vez en cuando como todos los hombres, el alivio y el recreo que le eran más convenientes.


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