Paraisos artificiales
Paraisos artificiales «El próximo viernes, si Dios quiere, me propongo embriagarme», decía el difunto duque de…, y asimismo nuestro escritor fijaba de antemano cuándo y con qué frecuencia, en un tiempo determinado, se entregaría a su libertinaje favorito. Y lo hacía una vez cada tres semanas, raramente con más frecuencia, en general los martes o los sábados por la noche, que eran días de ópera. Eran los buenos tiempos de la Grassini. La música penetraba en sus oídos, no como una sucesión sencilla y lógica de agradables sonidos, sino como una serie de memoranda, como las voces de una brujería que evocaba ante los ojos de su espíritu toda su existencia hasta entonces. La música interpretada e iluminada por el opio era el libertinaje intelectual, cuya grandeza y cuya intensidad puede concebir fácilmente cualquier inteligencia un poco refinada. Mucha gente pregunta cuáles son las ideas positivas contenidas en los sonidos; olvidan o más bien ignoran que la música, pariente de la poesía, a este respecto, representa más bien que ideas, sentimientos; sugiere las ideas, ciertamente, pero no las contiene. Revivía en él toda su vida anterior, según dice, pero no por un esfuerzo de la memoria, sino como presente y encarnada en la música; y su contemplación no era ya dolorosa; toda la trivialidad y la crudeza inherentes a las cosas humanas estaban excluidas de esa resurrección tan misteriosa, o fundidas y ahogadas en una bruma ideal, y sus antiguas pasiones se hallaban exaltadas, ennoblecidas y espiritualizadas. ¡Cuántas veces tuvo que volver a ver en ese segundo teatro, iluminado en su mente por el opio y la música, las rutas y montañas que había recorrido cuando era un escolar emancipado, y a sus amables huéspedes de la región de Gales, y las tinieblas cortadas por relámpagos de las calles de Londres y sus amistades melancólicas, y sus largas miserias consoladas por Ana y la esperanza de un porvenir mejor! Y además en la sala, durante los entreactos, las conversaciones italianas y la música de un idioma extranjero hablado por mujeres daban mayor encanto a la velada; pues se sabe que ignorar una lengua hace que los oídos perciban más sensiblemente su armonía. Del mismo modo, nadie puede saborear más a gusto un paisaje que el que lo contempla por vez primera, pues la naturaleza nos muestra entonces toda su rareza, sin que la haya embotado todavía la mirada demasiado frecuente.