Paraisos artificiales
Paraisos artificiales Muchas personas me encontrarán, sin duda, demasiado indulgente. «Usted absuelve la borrachera e idealiza el vicio». Confieso que ante los beneficios carezco de coraje para contar los daños. Por lo demás, ya he dicho que al vino se lo puede asimilar con el hombre y he concedido que sus crÃmenes son tantos como sus virtudes. ¿Puedo hacer algo más? Por otra parte, se me ocurre una idea. Si el vino desapareciera de la producción humana, creo que en la salud y el intelecto del planeta se producirÃa un vacÃo, una ausencia, una imperfección mucho más espantosa que todos los excesos y las desviaciones de que se hace responsable al vino. ¿No es razonable pensar que las personas que jamás beben vino, ingenuas o sistemáticas, son imbéciles o hipócritas? Imbéciles, es decir hombres que no conocen la humanidad ni la naturaleza, artistas que rechazan los medios tradicionales del arte, obreros que blasfeman de la mecánica; hipócritas, es decir, glotones vergonzantes, fanfarrones de la sobriedad que beben a escondidas y ocultan algún vino. Un hombre que no bebe más que agua es porque tiene un secreto que oculta a sus semejantes.