Paraisos artificiales
Paraisos artificiales Júzguese: hace algunos años, en una exposición de pintura, la multitud de los necios armó un gran escándalo ante un cuadro pulido, encerado y barnizado como un objeto industrial. Era la antítesis absoluta del arte; y con respecto a La cocina de Drolling que es la locura respecto a la necedad, y los esbirros respecto al imitador. En esa pintura microscópica se veían volar las moscas. Me sentí, como todos, atraído por aquel objeto monstruoso, pero me avergonzaba esa extraña debilidad, porque era la irresistible atracción de lo horrible. En fin, advertí que me arrastraba sin saberlo una curiosidad filosófica, el inmenso deseo de averiguar cuál podía ser la índole moral del hombre que había concebido extravagancia tan criminal. Aposté conmigo mismo que tenía que ser fundamentalmente malo. Hice tomar informes y mi instinto tuvo el placer de ganar esa apuesta psicológica. Me enteré de que el monstruo se levantaba regularmente antes del alba, había arruinado a su sirvienta ¡y sólo bebía leche!