Paraisos artificiales

Paraisos artificiales

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Lo que me ha confirmado siempre en la idea de que ese desenlace era artificial, por lo menos en parte, en cierto tono de broma, de chanza y hasta de burla que se advierte en numerosos pasajes del apéndice. En fin, para mostrar claramente que no concede a su mísero cuerpo esa atención fanática de los valentudinarios que dedican todo el tiempo a observarse, el autor pide para ese cuerpo, ese despreciable «harapo», aunque solamente sea para infligirle un castigo por haberlo atormentado de tal modo, los tratamientos deshonrosos que suele infligir la ley a los peores malvados y si los médicos de Londres opinan que la ciencia puede beneficiarse de algún modo con el análisis del cuerpo de un opiómano tan obstinado como él había sido, le lega de buena gana el suyo. Ciertos romanos ricos solían cometer la imprudencia, después de haber otorgado algún legado a su príncipe, de obstinarse en vivir, como dice jocosamente Suetonio y el César, que se había dignado aceptar el legado, se sentía gravemente ofendido por esas existencias tan indiscretamente prolongadas. Pero el opiómano no teme por parte de los médicos esas muestras de impaciencia chocantes. Sabe que sólo puede esperar de ellos sentimientos análogos a los suyos, es decir que responden a ese puro amor a la ciencia que a él mismo lo impulsa a hacerles ese don fúnebre de sus preciosos despojos. ¡Ojalá este legado no les sea entregado sino dentro de un plazo infinitamente remoto, ojalá este escritor agudo, este enfermo encantador hasta en sus burlas, nos sea conservado todavía más largo tiempo que aquel Voltaire tan frágil, quien, como se ha dicho, tardó ochenta y cuatro años en morirse![6]


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