Paraisos artificiales

Paraisos artificiales

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Otras veces la música os recita poemas infinitos, os convierte en dramas espantosos o mágicos. Se asocia con los objetos que tenéis a la vista. Las pinturas del techo, inclusive las mediocres o malas, adquieren una vida terrible. El agua límpida y seductora se desliza por el césped que tiembla. Las ninfas de carnes resplandecientes os miran con grandes ojos más límpidos que el agua y que el azul celeste. Ocuparéis vuestro puesto y desempeñaréis vuestro papel en los peores cuadros, en los papeles pintados más vulgares que tapizan las paredes de las posadas.

He observado que el agua adquiría un encanto espantoso para todas las mentes algo artistas iluminadas por el hachís. Las aguas corrientes, los surtidores, las cascadas armoniosas, la inmensidad azul del mar, ruedan, duermen y cantan en el fondo de vuestra mente. Acaso no fuera conveniente dejar a un hombre en ese estado a la orilla de un agua límpida, pues, como el pescador de la balada, tal vez se dejaría arrastrar por la Ondina.

Hacia el final de la velada se puede comer algo, pero esa operación no se realiza sin alguna dificultad. Uno se siente tan por encima de las realidades materiales que, en verdad, preferiría permanecer acostado de espaldas en el fondo de ese paraíso intelectual. Algunas veces, no obstante, el apetito se despierta de una manera extraordinaria, pero hace falta mucho valor para mover una botella, un tenedor o un cuchillo.


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