Paraisos artificiales
Paraisos artificiales La tercera fase, separada de la segunda por un acrecentamiento de la crisis, por una embriaguez vertiginosa seguida por un malestar nuevo, es algo indescriptible. Es lo que los orientales denominan el kief; la bienaventuranza absoluta. Ya no se trata de algo remolinante y tumultuoso. Es una beatitud apacible e inmóvil. Quedan resueltos todos los problemas filosóficos. Todas las cuestiones difíciles contra las cuales batallan los teólogos y que desesperan a la humanidad razonadora, son límpidas y claras. Todas las contradicciones se transforman en unidad. El hombre ha pasado a ser Dios.
En vosotros hay algo que dice: «Eres superior a todos los demás hombres, nadie comprende lo que piensas, ni lo que sientes ahora. Son incapaces de comprender inclusive, el amor inmenso que experimentas por ellos. Mas no hay que odiarlos por eso; hay que compadecerlos. Una inmensidad de dicha y de virtud se abre ante ti. Nadie sabrá jamás a qué grado de inteligencia y de virtud has llegado. Vive en la soledad de tu pensamiento y procura no afligir a los hombres».
Uno de los efectos más grotescos del hachís es el temor, llevado hasta la locura más meticulosa, de afligir a quienquiera que sea. Inclusive disfrazaríais, si pudierais hacerlo, el estado extranatural en que os encontráis para no causar inquietud al más insignificante de los hombres.