Paraisos artificiales
Paraisos artificiales Es el castigo merecido por la prodigalidad impía con la que habéis hecho tan gran gasto de fluido nervioso. Habéis arrojado vuestra personalidad a los cuatro vientos del cielo, y ahora se os hace difícil recogerla y concentrarla.
V
Yo no digo que el hachís produce en todos los hombres todos los efectos que acabo de describir. Me he referido más o menos, salvo algunas variantes, a los fenómenos que se producen generalmente en los espíritus artísticos y filosóficos. Pero hay temperamentos en los que esta droga no origina sino una locura bulliciosa, un alegría violenta que se parece al vértigo, a las danzas, los saltos, los pataleos y las carcajadas. Tienen, por así decirlo, un hachís muy material. No pueden soportarlos los espiritualistas, quienes sienten por ellos una gran compasión. Su ruin personalidad se pone de manifiesto. Yo vi en una ocasión a un magistrado respetable, un hombre honorable, como se llaman a sí mismas las personas distinguidas, uno de esos hombres cuya gravedad artificial siempre se impone, en el momento en que el hachís comenzaba a ejercer sus efectos, ponerse bruscamente a bailar un cancán de los más indecentes. El monstruo interior y verídico se ponía de manifiesto. Aquel hombre que juzgaba las acciones de sus semejantes, aquel Togatus había aprendido, en secreto, a bailar el cancán.
