Paraisos artificiales
Paraisos artificiales Se me ha ocurrido la idea de hablar del vino y del hachís en el mismo artículo porque hay en ellos algo que les es común, efectivamente: el excesivo desarrollo poético del hombre. La afición frenética del hombre a todas las sustancias, sanas o peligrosas, que exaltan su personalidad atestigua su grandeza. Aspira constantemente a reanimar sus esperanzas y elevarse hacia lo infinito. Pero es necesario ver las consecuencias. He aquí un licor que activa la digestión, fortifica los músculos y enriquece la sangre. Aun tomado en gran cantidad, no causa sino desórdenes muy breves. He allí una sustancia que interrumpe la función digestiva, debilita los miembros y puede causar una embriaguez de veinticuatro horas. El vino exalta la voluntad y el hachís la aniquila. El vino es un sostén físico y el hachís un arma para el suicidio. El vino hace bueno y sociable, pero el hachís aísla. El uno es, por decirlo así, laborioso, y el otro esencialmente perezoso. ¿Para qué trabajar, labrar, escribir, fabricar lo que sea, cuando se puede obtener el paraíso de un golpe? En conclusión, el vino es para aquellos que trabajan y merecen beberlo. El hachís pertenece a la clase de los placeres solitarios, está hecho para los ruines ociosos. El vino es útil, pues produce resultados fructíferos. El hachís es inútil y peligroso[2].
VII
