Paraisos artificiales

Paraisos artificiales

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Tenéis delante la droga: un poco de dulce verde del tamaño de una nuez y excesivamente oloroso, hasta el punto que provoca una especie de repulsión y veleidades de náusea, como provocaría cualquier aroma fino e inclusive agradable llevado a su máximo de fuerza y, por decirlo así, de densidad. Séame permitido observar, de pasada, que esta proposición puede ser invertida y que el perfume más repugnante e irritante se convertirá tal vez en un placer si se lo redujese al mínimo de su cantidad y su expansión. ¡Aquí está, pues, la dicha en una cucharadita! ¡La felicidad con todas sus embriagueces y todas sus locuras y sus puerilidades! La podéis tragar sin temor porque no mata. Vuestros órganos físicos no sufrirán el menor daño. Tal vez más tarde una apelación demasiado frecuente al sortilegio, disminuya la fuerza de vuestra voluntad, tal vez seáis menos hombres que lo que sois ahora, ¡pero el castigo está tan lejos y el futuro desastre es tan difícil de definir! ¿Qué arriesgáis? Quizá mañana un poco de fatiga nerviosa. ¿Acaso no arriesgáis todos los días castigos mayores por menores recompensas? Es, pues, cosa resuelta: incluso para darle más fuerza y expansión habéis disuelto vuestra dosis de extracto graso en una taza de café puro; habéis tomado la precaución de tener el estómago vacío, aplazando hasta las nueve o diez de la noche la comida más importante, para conceder al veneno total libertad de acción; quizá dentro de una hora tomaréis una sopa liviana. Ahora estáis lo suficientemente lastrados para un largo y extraño viaje. El vapor ha tocado la sirena, el velamen está orientado y tenéis los viajeros comunes la curiosa ventaja de ignorar adonde vais. Vosotros lo habéis querido. ¡Viva la fatalidad!


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