Paraisos artificiales
Paraisos artificiales Hay generalmente en la embriaguez del hachís tres fases bastante fáciles de distinguir y no deja de ser curioso observar entre los novicios los primeros síntomas de la primera fase. Habéis oído hablar vagamente de los maravillosos efectos del hachís; vuestra imaginación ha preconcebido una idea particular, algo así como un ideal de la embriaguez; estáis impacientes por saber si la realidad estará decididamente a la altura de vuestra esperanza. Eso basta para poneros desde el comienzo en un estado de ansiedad bastante favorable para el humor conquistador e invasor del veneno. La mayoría de los novicios, en el primer grado de iniciación, se quejan de la lentitud de los efectos; los esperan con impaciencia pueril, y como la droga no actúa con la rapidez esperada, se entregan a fanfarronadas de incredulidad muy divertidas para los viejos iniciados que saben cómo opera el hachís. Los primeros ataques, como los síntomas de una tempestad durante largo tiempo indecisa, aparecen y se multiplican en el interior mismo de esa incredulidad. Es al comienzo cierta hilaridad, absurda e irresistible, que se apodera de vosotros. Esos accesos de alegría inmotivada de los que os sentís casi avergonzados, se reproducen con frecuencia y alternan con intervalos de estupor durante los cuales tratáis en vano de concentraros. Las palabras más sencillas, las ideas más triviales, adquieren un aspecto extravagante y nuevo, e inclusive os asombra que os hayan parecido tan simples hasta entonces. Semejanzas y comparaciones incongruentes e imprevisibles, juegos de palabras interminables, esbozos cómicos, brotan continuamente de vuestro cerebro. Os ha invadido el demonio y es inútil reaccionar contra esa hilaridad, dolorosa como un cosquilleo. De vez en cuando os reís de vosotros mismos, de vuestra necedad y de vuestra locura y vuestros camaradas, si los tenéis, se ríen de vuestro estado y del suyo, pero como lo hacen sin malicia, no les guardáis rencor.