Paraisos artificiales
Paraisos artificiales Yo fui testigo de una escena de esa clase que fue llevada muy lejos y cuyo aspecto grotesco sólo era inteligible para quienes conocían, al menos por la observación en otros, los efectos de la sustancia y la enorme diferencia de diapasón que ella crea entre dos inteligencias supuestamente iguales. Un músico célebre, que ignoraba las propiedades del hachís, que tal vez nunca había oído hablar de esa droga, cae en medio de una reunión donde muchas personas la habían ingerido. Tratan de hacerle comprender sus efectos maravillosos. Oyendo los relatos prodigiosos, sonríe amablemente, por condescendencia, como quien consiente en posar durante unos minutos. Su error no tarda en ser adivinado por las mentes aguzadas por el veneno, y las risas le ofenden. Esos estallidos de alegría, esos juegos de palabras, esos rostros alterados, toda esa atmósfera malsana lo irrita e impulsa a declarar, tal vez antes de lo que habría querido, que esa pantomima es mala, y además debe ser muy fatigosa para quienes la representan. Lo cómico ilumina todas las mentes como la luz de un relámpago. Se produce un redoblamiento de alegría. «La broma puede ser buena para ustedes —dice el músico—, pero no para mí». «Basta que sea buena para nosotros», replica egoístamente uno de los enfermos. No sabiendo si se las tiene que haber con verdaderos locos o con gente que simula la locura, nuestro hombre cree que lo más prudente es retirarse, pero alguien cierra la puerta y esconde la llave. Otro se arrodilla ante él, le pide perdón en nombre de los presentes y le declara insolentemente, pero con lágrimas en los ojos, que, a pesar de su inferioridad espiritual, que acaso inspira un poco de compasión, todos sienten por él una amistad profunda. El músico se resigna a quedarse y, cediendo a súplicas apremiantes, consiente en ejecutar un poco de música. Pero los sonidos del violín, al difundirse por la habitación como un nuevo contagio, exaltan (y la palabra no es demasiado fuerte) ya a uno ya a otro de los enfermos. Se oyen suspiros roncos y profundos, estallan sollozos súbitos, corren torrentes de lágrimas silenciosas. El músico espantado se detiene y acercándose a aquel cuya beatitud era más bullanguera, le pregunta si sufre mucho y qué podría hacer para aliviarlo. Uno de los asistentes, hombre práctico, propone limonada y ácidos. Pero el enfermo, con la mirada en éxtasis, mira a ambos con un desprecio indecible. ¡Querer curar a un hombre enfermo por exceso de vida, enfermo de alegría!